16.04.17 | Como estamos en el mes de mayo, en Niara nos planteamos hacer de nuevo, como el año pasado, una rodada hasta un santuario de la Virgen. Así que elegimos el de la Virgen de Alconada, que está a unos kilómetros de Ampudia, en Palencia, y el día 13 de mayo. Para que hubiera éxito en el empeño teníamos que atravesar el páramo de los Torozos, por lo que Chucho y Juan B. se dedicaron la semana anterior a recorrer las pistas, caminos y sendas a fin de conducirnos por la ruta más adecuada. De manera que Chucho nos pastoreó perfectamente por las majadas, prados y montes de Torozos, con algún que otro despiste que no tuvo mayores consecuencias, pues estábamos deseosos de hacer kilómetros y kilómetros.

Primero atravesamos Valladolid por toda la avenida de Salamanca, respetando siempre el código de circulación y, sobre todo, a los paseantes y ciclistas que venían en contra. No sé o por qué se apartaban en cuanto nos veían; ¿lo sabes tú, Apon? ¿O tal vez fue por las continuas eses de Lolo?

En el derrame del Canal de Castilla nos dirigimos a la Concha, donde comenzaba una excursión ya sin ningún tipo de tráfico (salvo el propio nuestro) y nos empezábamos ya a deleitar con el paisaje campestre. Nadie se cayó ni se tiró al Canal –aunque Lolo lo intentó varias eses, digo veces y a Pepe alguno hasta lo empujó- y en el puente de madera nos hicimos la primera y caótica foto de grupo.

En la Santa María de Palazuelos se nos unió José que venía con su flamante chaqueta de Sueños en Alforjas: nos contó sus últimas andanzas y el porqué de su afición a la bici. Por cierto algunos ciclistas hemos hablado de que estas salidas hay que hacerlas con más frecuencia, aunque sean un poco más cortas. Así que habrá noticias próximamente. También aquí, en Palazuelos, dejamos la sirga del Canal para poner rumbo a Corcos. Y olvidamos -¿dónde?- la cámara con la que Juan P. nos estaba convirtiendo en protagonistas de una aventura de cine.

La segunda –y última- foto de grupo nos la hicimos en el chozo del Cuquillo: es un chozo de pastor muy esbelto, recientemente restaurado, de manera que lo podimos ver completo y hacernos una idea de cómo vivieron durante siglos los pastores. Algunos –Josete, Fosco, Santi, Apon, Alex V.- además de contemplarlo por dentro y por fuera ¡lo escalaron! creyendo que se trataba de un rocódromo. Íñigo cogió una pájara: antes de salir, había jugado un partido de fulbito pero se había olvidado de desayunar. De manera que recibió de todas partes barritas energéticas, chocolate y pijadas así. Y la pájara se le escapó: a partir de ese momento se puso en cabeza de carrera con Apon, dejando tirado a Joaquín.

Una cuestecita más y nos encontramos en Corcos. ¡A reparar fuerzas! Además de dar cuenta de lo que llevábamos, nos esperaban Pino, Emilio y Diego con material suplementario. (Tuvo gran éxito la tortilla de patatas de Noe y la ensalada de pasta de Pino)

Ahora quedaba lo más duro: la subida al páramo. No fue para tanto. Ascendimos sin problemas, especialmente Alex V. y Luis B., que no pesan nada. A Josete y Rafa se les atragantaban un poco las cuestas, pero sin mayores consecuencias. Como Chuchín siempre andaba sobrado, subió a más de uno con el conocido método de la palma en la espalda. Pero nos mencionaremos a los complementos directos.

Otras menciones: Luis F. se vino con una bicicleta antediluviana, con tuercas en los ejes. Y ruedas accesorias para equilibrio en el eje de atrás. ¡Y llegó a Alconada sin (mayores) problemas. Catalina se nos vino con un tanque-bici que baja muy bien las cuestas, pero rodar lo que se dice rodar a una mínima velocidad por llano o cuesta arriba, pues que no. En el páramo se la cambió a Adolfo, de forma que este se hizo con la cola del pelotón hasta la meta. El premio al pundonor se lo podía haber llevado Teresa, y se lo llevó por llegar (un poco cansada) a la meta. El premio a la perseverancia se lo llevó Javier, que explicaba a los más bisoños una y otra vez para qué estaban los cambios, cómo cambiar y esas cosas, pero la gente no estaba por la labor y prefería pedalear con el corazón antes que con la cabeza.

Rodamos bajo las aspas de los molinillos, pasamos junto al pozo de la Esquila, nos topamos con algún rebaño de ovejas, hasta que nos dejamos caer al monasterio de la Virgen de Alconada. Bueno otros como Juan M., Juan B., Mariano, Ilde o Joaquín- se tiraron ladera abajo sin sendero. Allí nos esperaban los que habían llegado por otros medios, visitamos a la Virgen (que a eso íbamos) y repusimos fuerzas con empanadas, bocadillos, pastas, una tonelada de arroz con leche…

Los demás –Fátima (muchas felicidades, que era tu santo), Mencía, Luis B., Nico, Edu- rodaron como si en vez de hacerse 54 kilómetros se hubieran dado un paseíto de nada por el Campo Grande.

E incluso bastantes volvieron en bici a Valladolid: Álvaro, Alberto, Tigre… En la categoría féminas, el primer premio se lo llevó Elena, con más de 100 km a la espalda y ligera lesión en la rodilla, y el segundo fue para Isa, que llegó hasta Cigales, o sea, 82 km. También hizo la ida y vuelta Alex V., con una bici pesada y pequeña. Al pasar por Cigales, después de contemplar un hermoso roble y sufrir una aparatosa caída sin consecuencias, a Óscar le estalló el cambio trasero cadena incluida y tuvimos que llamar a la furgoneta de apoyo: se presentaron Noe, Antonio y Diego, ¡mil gracias! los demás escaparon a Valladolid. El primer grupo llegó a las diez y pico y el segundo poco después de las once.

Resumen: ¡gran excursión! Todos teníamos un poco de miedo, unos de no llegar a Arconada y otros pensaban que no regresarían -ni de broma- a Valladolid en bici pero… nos hemos medido y ha habido sorpresas… ¡buenas!

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