16.09.17 | Muy al oeste de Roncesvalles hay una ciudad que se llama Pontevedra, por cierto, más bonita cuando miras hacia fuera. La llegada fue a medio anochecer y las rías se veían muy bien. Aquella noche la mayoría durmieron en el albergue y el resto lo intentaron con más o menos suerte. Enhorabuena y gracias a la torta de jamón, tomate y aceite de Juan. Sin duda, lo mejor del miércoles.

 

En la mañana del jueves, empezamos el Camiño. Los tres más sensatos y sensibles formaron el grupo de a pie: Quinín, Pablo M. y Quique R. El resto decidió complicarse la vida y la respiración por motivos que los demás no entenderían nunca, y elegiremos hacerlo en bicicleta: Chucho, Tigre, Guille, D. Mito, Josete, Apon, Rafa, Íñigo, Joaquín, Álvaro y Juan. Ese día fue precioso. El Camiño nos llevaba continuamente sobre la costa, al borde de playas y acantilados marinos esculpidos con unas vistas muy alegres. Los de a pie llegaron con tres horas de ventaja sobre los de el pelotón. Aquel día dormiríamos entre A Lanzada y O Grove, en un camping con bajada particular a una playa acogedora, pero con el agua más fría que muchos habían probado en su vida (y Quique había pasado julio en el norte de Irlanda). Cenamos en un restaurante con una cocina de premio, y nos dimos un homenaje que solo yo considero inmerecido, de magnífica que fue. El sueño en tiendas de campaña y/o playa fue estupendo para todos.

Al día siguiente seguiríamos bordeando la costa, entrando y saliendo de rías y caminando entre lagunas, plantaciones y plantaciones de uvas olímpicas de Alvariño y, como el día anterior, bajo un sol de verano de los que dan un color de alegría, de comentario de madre y de cierta envidia. Al llegar a la Ría de Arousa, nos juntamos todos es una especie de isla con un mar de plato, menos fresquito que el del día anterior. Después, nos encaminamos hacia el interior, para pasar la noche en Caldas de Reis y afrontar los últimos 50 km hasta Santiago. Las encuestas dicen que lo mejor de Caldas fueron las termas, aquellas fuentes en las que la gente más atrevida o despreocupada mete los pies, primero en agua caliente y después en agua fría. Según dicen, los pies quedan como nuevos. La verdad es que, a pesar de ello, la mayoría no quisieron hacer la prueba.

Esta última etapa empezó de forma muy positiva: Rafa y Josete se dieron cuenta (no sabemos cómo) de que la bicicleta es irracional y decidieron sumarse al equipo de caminantes. Les llevó dos días, pero al menos ellos sí entendieron. Ese día tocaba andar unos 28km y los hicimos hasta con gusto, menos los últimos 5km, que siempre son más largos que el resto. Los de la bicicleta tuvieron alguna cuesta abajo refrescante, según dijeron.

Nos reunimos todos en Santiago, en el albergue en el que pasaríamos la noche, y después nos dimos una clásica vuelta por los alrededores de la catedral. Además, coincidió que aquellos dos días eran los únicos dos días del año en los que no llueve en Santiago, por lo que ni siquiera hubo que preocuparse de nada.

El domingo nos encaminamos hacia Valladolid. A mitad de camino hay un oasis, literalmente oasis, conocido como “Lago de Sanabria”. Allí comimos felices y nos bañamos durante un buen rato. Nada, lo siguiente es ya la llegada a Niara y es sabido por todos. Y también es sabido por todos que volveremos el año que viene.

 

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